Oda a Serrat

La imagen que preside mi santoral de ateo
es un chaval charnego de cuerdas redentoras.
Vibratos que resuenan en todo lo que creo.
Un trémolo de pulso cantando a todas horas.

Su voz honesta y dulce, con ecos de la infancia
fue brújula de dudas, y lejos del mercado
que emponzoñaba el aire, reinó sin arrogancia
trovando a Benedetti, Hernández y Machado.

Ni morirá ni ha muerto, que nadie vista el luto,
que nadie encienda velas en una u otra orilla.
Para este bardo eterno no existe sustituto,

bien saben los poetas que es oro lo que brilla.
Y ejércitos de damas, de asilo hasta instituto
reaccionan a sus versos como la mantequilla.

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