¡Oh, música!

¡Oh, música, big bang del sentimiento!
¡Incendio de colores en el aire!
(Discúlpenme las damas el desaire,
si digo amor, seguramente miento…)

¿Amar? ¡Tal vez, mas roto en dos mitades!
Contemplen, luego juzguen esta escena:
dos manos aceptando una condena
de cuerdas sin prisión. Fidelidades.

No importan las palabras, vivo inmerso
y en trance en la perfecta sincronía
que da vida y razón al universo.

Y a ritmo de Cole Porter (noche y día)
me iré sin recordar un solo verso,
silbando aquella vieja melodía.

Más de cien canciones

Pon música y desnúdate despacio.
Convénceme de cuánto necesito
tocarte y ponle encanto de delito
al morbo de invadir ese palacio.

Invéntale una cifra peligrosa
al soso DNI de tu cartera.
Convierte esta moqueta en una acera.
Subasta con espinas cada rosa.

Escribe una novela por entregas
usando tus caderas: los millones
del jeque y una stripper de Las Vegas

con pegas de guardiana de prisiones.
Que al wifi de este hotel le sobran megas
y Sade tiene más de cien canciones.

Pin-Up

Románticos

Tus puntos a favor son cardinales,
en contra la hojalata y el estaño.
Patético tu escudo frente al daño,
insólita aleación a dos metales.

Lo frágil, lo hipotético, lo hermoso.
La terca religión del sentimiento.
No hay nada más valioso que el aliento.
¿Palabras y una tumba sin reposo?

Con suerte un epitafio que te omita.
“Escrito sobre el agua”, qué coñazo.
Y lágrimas, y lágrimas… ¿Qué evita

que caigas al final sin otro abrazo?
No habrá pétalo impar de margarita
que salve tu idiotez de ese balazo.

Un americano en París

He visto tantas veces esta peli
que puedo recitarla de memoria.
Comienza lentamente nuestra historia
con vistas de París, la voz de Kelly.

Él es un mal pintor, casi un mendigo.
Bohemio y de sonrisa embaucadora.
Que no puede evitarlo y se enamora
de Lise, la prometida de un amigo.

Hay bailes y canciones junto al Sena.
George Gershwin derrochando melodía.
Amores imposibles. Luna llena.

Nostalgia de otro tiempo, fantasía.
Aguanta hasta el final, valdrá la pena
si quieres entender lo que es poesía.

Un americano en París

Oda a la torrija

Neruda tiene su oda a la cebolla,
la rosa que en el fuego se ensortija
(tranquilos con la rima) y que se enrolla
dorada. Yo le canto a la torrija.

La boca se me inunda de saliva
como si fuera a hacerle un cunnilingus
a Natalie o a Scarlett, u otra diva
del cine con un blues de Charles Mingus

si pienso por azar en su delicia
de leche, pan y huevo rebozante
que alcanza el paladar y lo acaricia

llevándome hasta el cielo en un instante.
Perfume de canela y de malicia.
¡Dame torrija en vena, traficante!